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Historias de Sobrevivientes
Todas las sobrevivientes de violencia doméstica tienen una historia que contar, algunas quieren compartirlas, otras no.
Algunas sobrevivientes comparten sus experiencias a través de la música o la poesía; otras prefieren compartirlas simplemente hablando de ellas.
Todas son bienvenidas
Esta historia es representativa de sobrevivientes asistidas en los centros certificados de violencia doméstica de Florida y no describe a una persona en particular.
Si usted desea compartir su historia, poema o ideas para ser publicados en nuestro sitio web, envíe un email a: survivorstories@fcadv.org
La Historia de Ashley
Conocí a Benny cuando yo tenia 15 años y él 16. Él era bastante atractivo y muchas muchachas querían ser sus novias. Él nunca tuvo muchos amigos masculinos y no le interesaban los deportes. Al principio, era muy amable conmigo y siempre me invitaba a su casa después de la escuela. Le gustaban los carros y tenía destinado un lugar en el garaje de su padre en el que trabajaba en un automóvil viejo que su tío le había regalado. La mayoría de las tardes después de la escuela, me metía en problemas con mi mamá debido a que Benny me obligaba a acompañarlo mientras él trabajaba en su carro. Cuando le decía que me tenía que ir, me decía que yo me quería ir rápido porque no lo quería y que había muchas otras muchachas que estaban interesadas en salir con él.
Después de unos pocos meses, no quiso que siguiera viendo a mis amigos. Se mostraba posesivo y celoso y se burlaba de todos mis amigos. Me hacía sentir culpable hasta cuando hablaba con cualquiera en la escuela, aún cuando él no estuviera por ahí, lo cual no era muy a menudo. Me decía también que no le gustaba la ropa que yo usaba y me decía lo que me tenía que poner para ir a la escuela. Estaba siempre de malhumorado, pero después de cierto tiempo ya me hacía sentir bastante incómoda. Me obligó a tener sexo con él en el garaje de su padre. Yo le dije que lo amaba, pero que me parecía que él no me quería. Tenía miedo de quedar embarazada y le dije que prefería esperar. Él me abofeteó y me dijo que jamás volviera a decir algo así. Me dijo también que él iba a decidir si yo quedaba embarazada o no. Le dije que no es así como funcionaba esto y él volvió a abofetearme, esta vez más duro y me retorció el brazo detrás de la espalda. Yo tenía miedo de decirle a mi mamá o a cualquiera lo que había pasado, pero dejé de ir a su casa después de la escuela.
Después de cada clase, Benny se paraba en la puerta y me cogía fuertemente del brazo diciéndome que mejor lo escuchara o de lo contrario algo malo me iba a pasar. No sabía qué hacer y traté de evitarlo, pero parecía que el siempre estaba por ahí, esperándome, observándome. Me enviaba mensajes de texto todo el día y toda la noche. A veces me rogaba que no terminara la relación con el, pero otras veces me enviaba mensajes amenazantes como “Se lo que estás haciendo en este momento.”
Un día, una maestra vio que él me sujetaba y supongo que me vio bastante agitada. Esperó hasta que él se fuera y entonces me hizo señas para que fuera a su aula. Caminamos hasta la parte de atrás donde ella tenía una pequeña oficina y cerró la puerta. No la conocía muy bien, pero comencé a llorar. No me podía controlar. Le dije que todo estaba bien, pero ella simplemente esperó hasta que me calmara y no me hizo ninguna pregunta. Le dije que me tenía que ir y me levanté para retirarme. Ahí fue cuando ella me dijo unas palabras que siempre
recuerdo: "No te mereces ser tratada así". Yo sabía que ella tenía razón, pero no lo podía ver claro hasta que ella pronunció esas palabras en voz alta.
Me llevó unas dos semanas juntar el coraje para volver a hablar con ella, esta vez después de la escuela, cuando no había nadie cerca. Me dijo que no tenía que estar con Benny si no quería y le dije que yo lo sabía pero no sabía cómo salirme de eso. Él me había dicho que iba realmente a hacerme daño. La maestra me explicó algunas cosas acerca de la violencia de pareja. Habló también de cosas que yo tendría que hablar con mi mamá. Sabía que tenía que decírselo y cuando lo hice, mi mamá me ayudó a entender lo que estaba pasando. Boté a la basura mi teléfono celular y no me conseguí otro hasta después de cambiar de escuela. Tenía que alejarme de Benny y estoy feliz de haberlo hecho. No quiero volver a preocuparme jamás pensando que hay alguien esperándome al salir de clase. Ahora tengo 17 años y voy a graduarme de la escuela secundaria este año. Ahora sé lo diferente que hubiera sido mi vida si hubiera seguido frecuentando a Benny.
Esta historia es representativa de sobrevivientes asistidas en los centros certificados de violencia doméstica de Florida y no describe a una persona en particular.
La Historia de Lynn
Mis dos hijos, mi madre y yo nos mudamos a una hermosa casa el mes pasado. Durante mucho tiempo no creía que esto fuese posible. Había perdido la esperanza de que mi vida fuera diferente. Mi abusador, el padre de mi hijo menor, controlaba todo lo que yo hacía y lo que hacían los niños. Los viernes, llegaba a la casa después de beber con sus amigos y empezaba conmigo, primero gritándome y luego a los golpes hasta que me hacía llorar. Todos los fines de semana sufría dos días de terror y miedo. Sabía de la existencia de un refugio para víctimas de violencia doméstica, pero no quería sacar a los niños de su hogar y llevarlos a vivir a un refugio. La idea me atemorizaba. Todos los fines de semana, me repetía que éste sería el último fin de semana que iba a permitir que esto me pasara. No podía soportarlo más. Entonces, pensaba que si lo dejaba, al no tener mucho dinero, terminaría durmiendo en el carro y el Estado me iba a quitar los niños. Sentía que no tenía otra opción que quedarme. Sentía que no había nada que pudiera hacer para terminar con la violencia.
Un lunes por la mañana, recibí un llamado de la escuela. El Subdirector quería que fuera a visitarlo para reunirme con él y con un consejero orientador ese mismo día. Yo estaba trabajando y le expliqué que no me podía ir así nomás para reunirme con ellos. El Subdirector me dijo que no tenía opción. Le expliqué a mi jefa que debía irme debido a una emergencia familiar, pero ella me dijo que ya había tenido demasiadas emergencias últimamente, ya fuera faltando al trabajo o llegando tarde. Me dijo que si me iba, no me molestara en regresar. No quería perder mi trabajo, pero sentía que debía ir a ver qué problema había con mi hijo.
Cuando llegué a la escuela, el consejero orientador me hizo preguntas acerca del comportamiento de mi hijo, y me explicó que estaba muy aislado de sus compañeros de clase y se lo notaba deprimido y triste todo el tiempo.
Cuando regresé con mi hijo a la casa esa tarde, le tuve que decir a mi esposo que me habían despedido del trabajo. Esto lo puso furioso. Me dio un golpe con la mano y cuando caí, pude verlo alcanzando el estante superior de la biblioteca, donde guardaba su pistola. Mi hijo vio lo mismo y saltó sobre la espalda de su papá. No recuerdo muy bien lo que pasó después, salvo el estampido del arma cuando fue disparada. Luego hubo una serie de gritos y golpes y la voz de mi hijo que me gritaba "corre," y me ayudó a levantarme del piso. Salimos corriendo por la puerta trasera sin mirar hacia atrás.
Los días siguientes fueron una vaga sucesión de entrevistas con la policía, exámenes por parte de médicos y enfermeras, y visitas al hospital por familiares preocupados. No podría explicar todo lo que ocurrió. Lo que sí sé es que después de lo que pasó ese día, nunca regresé a esa casa. La enfermera me ayudó a contactarme con el centro de abuso doméstico y mis hijos y yo fuimos allí tan pronto como me dieron de alta en el hospital. Gracias a que la herida de bala no me mató, juré que no le iba a dar otra oportunidad. Nos quedamos en el refugio durante poco más de un mes mientras mi herida y mis emociones cicatrizaron. Sabía que tenía que tomar decisiones sobre los próximos pasos a seguir en mi vida.
Mi defensora me habló acerca de algo llamado vivienda transitoria, donde me podía quedar hasta 18 meses. Cuando comencé a trabajar nuevamente, podía pagar algo de alquiler y posiblemente hasta ahorrar un poco de dinero. La vivienda transitoria estaba situada en un pequeño complejo de apartamentos que no se veía diferente a ningún otro complejo de los alrededores. Hicimos los arreglos necesarios y una semana después nos mudamos a la vivienda transitoria. Seguí yendo semanalmente al grupo de apoyo del refugio de abuso doméstico y conocí a otras mujeres que no estaban viviendo en el refugio. Todas nosotras formábamos parte del grupo para hablar de lo que estaba sucediendo en nuestras vidas. Algunas de las mujeres habían dejado a sus abusadores y algunas aún vivían con ellos. No veía la hora de reunirme siempre con ellas y sentía que casi todas eran mis amigas.
Los 18 meses se pasaron bien rápido, pero pude hacer muchas cosas y hasta pude ahorrar algún dinero. El Centro ofrecía una clase de cómo hacer un presupuesto y la tomé dos veces porque sentía que podía aprender bastante. Había presentadores que hablaban de la importancia de contar con buen crédito y de programas para ayudar a las personas a comprar una vivienda. Descubrí que con la ayuda de uno de los programas en el Condado, podría llegar finalmente a alcanzar mi sueño de comprar la casa propia. Comencé a buscar un lugar que estuviera a mi alcance. Dado que mi madre no puede moverse con la facilidad de antes, le pregunté si quería compartir la vivienda con nosotros. Me enamoré de una casita pequeña en una calle tranquila y cuando nos mudamos todos, pude concretar mi sueño.

